February 24, 2018
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Cuando las emergencias atacan

Nadie en esta vida puede saber cuándo se enfermará y qué tanto te afectara. Aunque a veces sabemos que hay temporadas en las que lo más seguro es que contraigamos algún virus, como suele suceder en invierno, debido al clima y a los bichos que vuelan en el aire debido a que la gente está enferma y estornudando y tosiendo en el trabajo, en casa, transporte público y en la calle. Por todos lados escuchas un ‘achu’ o un ‘cof cof’, así que piensas que ya valió y que te enfermarás. Yo soy de esas personas que suelen contagiarse muy rápido, pero el año pasado ocurrió un milagro, pues desde marzo no contraía alguna enfermedad y fui la persona más sana del mundo. Disfruté de todos los días sin mocos escurriendo por mi nariz, sin tener que estar yendo al baño a descargar a cada rato o tosiendo en todas partes. Pasé diciembre y pese a que familiares, amigos y compañeros de trabajo estuvieron agripados, a mí jamás me dio. Así que llegó el 2018 y en enero decidí pedir vacaciones como premio a mi esfuerzo y mi extremadamente fuerte salud.

Decidí irme a Monterrey, Nuevo León, acompañado de mi novia. Queríamos disfrutar del frío que hacía allá, pues es el clima que más nos gusta. Nos fuimos muy bien abrigados para que no nos hicieran ni cosquillas las temperaturas bajo cero que en ocasiones solía haber en aquel estado. La verdad es que yo me sentía inmune después de que casi todo un año no me enfermé, aun así trataba de cuidarme, pero uno nunca sabe cuándo explotará algo dentro de ti. Apenas en el segundo día de vacaciones comencé a tener un dolor en el estómago, así que me compré un medicamento por si era malestar estomacal, diarrea o agruras. Pero no hizo efecto y las punzadas y retortijones me seguían molestado. Eran mis vacaciones, por lo que no le di la debida importancia. Fue una pésima idea.

En nuestro tercer día me desperté con demasiado dolor en el abdomen, tenía que estar como ovillo en la cama y me retorcía. Mi novia me llevó al médico y me dieron unos medicamentos para eliminar, o por lo menos disminuir el dolor. Y así pasó, pero me pidió que me fuera a hacer unos estudios clínicos y que volviera para revisarlos. En cuanto salí de la clínica fui a un laboratorio en Guadalupe, al día siguiente me entregaron mis resultados y se los llevé al doctor. Tenía piedras en la vesícula, por lo que era urgente que me tuviera que operar para quitármela. Vaya suerte, casi todo un año sin enfermarme y sin faltar al trabajo, y en mis vacaciones debía someterme a una operación quirúrgica. Acaté las órdenes y volví enseguida a la Ciudad de México para internarme en el hospital donde tengo seguro, ahí confirmaron el diagnóstico y de inmediato me internaron. La operación fue exitosa y me dieron incapacidad, la recuperación fue dolorosa los primeros días, pero ahora ya estoy como nuevo, sano y salvo.

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